Saltar al contenido

Por qué te irrita oír a alguien comer alto y cómo la misofonía está relacionada con la sensibilidad al estrés.

Mujer desayunando cereales en un cuenco, con libro abierto y bol pequeño con frutas en la mesa, planta de fondo.

Solo el zumbido de la cafetera, una lista de reproducción suave, el tecleo de las teclas del portátil. Entonces el hombre de la mesa de al lado abre su sándwich. Un primer chomp húmedo. Chasquidos de labios. La lengua haciendo clic. El crujido del papel. Se te tensa la mandíbula sin pedirte permiso. Los hombros se te suben hacia las orejas. Ya no puedes leer el correo, porque cada bocado te golpea el cerebro como un martillito.

Miras alrededor. A nadie más parece molestarle. Deslizan el dedo por el móvil, dan sorbos a sus bebidas, se ríen de algo en Instagram. Te preguntas si estás exagerando, si solo estás cansado, si te pasa algo. El sonido se hace cada vez más grande, llenándolo todo dentro de tu cabeza. El corazón se te acelera, te sientes extrañamente atrapado y ese ruido pequeño, de repente, se siente como un ataque.

Hay un nombre para ese puñetazo invisible.

Por qué masticar fuerte se siente como un ataque personal

Algunos sonidos no solo te irritan. Te atraviesan directamente el sistema nervioso. Masticación ruidosa, respiración nasal, sorber, clics de bolígrafo, moqueos repetidos: ruidos pequeños y cotidianos, y aun así tu cuerpo reacciona como si acabara de entrar algo peligroso en la habitación. Misofonía es el término que usan los investigadores para esta reacción emocional intensa ante sonidos concretos. La palabra significa literalmente «odio al sonido», pero no termina de capturarlo. Es menos «esto no me gusta» y más «no soporto esto sin querer huir o estallar».

En un buen día, puede que lo dejes pasar. En un día de estrés, ese mismo ruido se siente como la gota que colma el vaso. Eso ocurre porque la misofonía está muy entrelazada con la sensibilidad al estrés. Tu cerebro no solo está oyendo un ruido: lo está leyendo como una amenaza, y todo tu sistema reacciona en consecuencia. Corazón acelerado, músculos tensos, pensamientos negros. La masticación ya no está solo en su boca. Está en tu pecho.

Los investigadores siguen debatiendo definiciones y etiquetas. Pero cada vez más estudios muestran el mismo patrón: las personas con misofonía tienden a tener un sistema nervioso que ya va pasado de revoluciones. Su interruptor de «lucha o huida» salta antes. El estrés carga sus circuitos y, después, pequeños sonidos los encienden como una sirena de alarma. Por eso no va «solo» de ser quisquilloso o de irritarse con facilidad. Va de cómo tu cerebro y tu cuerpo gestionan la amenaza, incluso cuando esa «amenaza» es solo alguien comiendo patatas fritas a dos asientos de distancia.

En un tren abarrotado en hora punta, una mujer de unos treinta saca un recipiente de plástico con ensalada. Frente a ella, un chico joven con los auriculares colgando del cuello se queda congelado. El primer crujido de la lechuga le cae como una descarga. Luego viene el rascar del tenedor contra el plástico, el chapoteo húmedo del aliño, los pequeños chasquidos de semillas entre los dientes. Su cara no se mueve, pero dentro de su cabeza es caos. Ya no puede concentrarse en el pódcast. Se le contraen los dedos. El pie le tiembla demasiado rápido.

Prueba sus trucos de siempre. Sube el volumen. Mira por la ventana. Cuenta respiraciones. Los sonidos siguen atravesándolo, imposiblemente afilados, como si estuvieran amplificados solo para él. Con su línea base de estrés de «he dormido mal, mi jefe me ha gritado esta mañana, me han subido el alquiler», esto es un sonido de más. Cuando llega su parada, le duele la mandíbula de apretar y no tiene ni idea de cómo han pasado los últimos ocho minutos. La ensalada se ha acabado. La tensión sigue ahí.

Las encuestas sugieren que la misofonía podría afectar entre el 6% y el 20% de la gente en distintos grados, según lo estricta que sea la definición. Muchos nunca reciben un diagnóstico. Simplemente piensan que son «demasiado sensibles» o que «llevan mal los ruidos». Pero cuando les preguntas qué les pasa en el cuerpo, las historias se repiten: una oleada de ira, asco, pánico, vergüenza. No una molestia leve. Un pico. Y ese pico sube más cuando la vida alrededor ya es estresante.

Cuando alguien mastica fuerte cerca de ti, tu cerebro lógico sabe que no estás en peligro. Solo está comiendo patatas, no empuñando un arma. Pero tu cerebro emocional cuenta otra historia. La amígdala, tu sistema interno de alarma, se activa como si hubiera una amenaza. Suben las hormonas del estrés, el corazón bombea con más fuerza y los músculos se preparan para actuar. Por eso la reacción se siente tan física. Tu cuerpo cree que toca luchar, correr o, como mínimo, salir de la habitación.

Para las personas con misofonía, los escáneres a menudo muestran una activación más fuerte en áreas cerebrales que conectan sonido, emoción y saliencia: el filtro de «esto me importa». Ese filtro está ajustado de manera que sonidos pequeños, repetitivos y de origen humano se sienten enormes. Y luego está la conexión con el estrés: si tu nivel general de estrés es alto, ese filtro se vuelve todavía más sensible. Como un guardia de seguridad pasado de cafeína, empieza a marcar sonidos inofensivos como amenazas potenciales. No eres débil. Tu sistema está sobreentrenado para el peligro.

La capa social lo empeora. Nos dicen que masticar es normal, «no es para tanto», que deberíamos ignorarlo. Te sientes culpable por tener ganas de gritar. Esa culpa añade otra capa de estrés, apilando presión sobre un sistema nervioso ya al límite. Así que el sonido no es el único problema. Lo es la batalla dentro de tu propia cabeza.

Cómo calmar tu sistema nervioso cuando los sonidos te llevan al límite

El ruido no desaparecerá, pero tu reacción puede cambiar. Uno de los movimientos más potentes es preparar de antemano pequeñas válvulas de escape para tu sistema nervioso. Puede ser tan simple como llevar tapones discretos o auriculares que enmascaren el ruido y ponértelos antes de comidas de trabajo o desplazamientos concurridos. También puede significar elegir el sitio de forma estratégica: mesas en esquina, bordes de la sala, el final del vagón, sentarte de espaldas a cocinas compartidas. Parece poca cosa. No lo es.

Otro método es construir un «escudo sonoro». Ruido blanco a bajo volumen, sonido de lluvia o tu lista de reproducción favorita crean una cortina suave entre tú y los desencadenantes. En días de trabajo, algunas personas dejan una pestaña del navegador abierta con una pista en bucle lista, por si acaso. Otras mantienen una lista corta de lugares seguros -una escalera, un aseo, un balcón- donde retirarse dos minutos para reiniciarse. No estás siendo dramático por hacer esto. Le estás dando a tu sistema nervioso una oportunidad rápida de bajar de la alerta roja.

Dicho esto, ni las mejores herramientas sirven si tu cubo de estrés ya está rebosando. Bajar tu línea base un poco importa. Cosas básicas como dormir, el nivel de azúcar en sangre, moverte. Un pequeño tentempié antes de una reunión larga puede convertir un colapso misofónico en algo que puedas sobrellevar. Una respiración suave -cuatro segundos al inhalar, seis al exhalar- durante el sonido desencadenante puede decirle en silencio a tu cuerpo: «no estamos realmente bajo ataque». No tienes que amar el sonido; solo tienes que convencer a tu biología de que sobrevivirás.

Una trampa en la que cae mucha gente es aguantar en silencio. Se quedan ahí, hirviendo por dentro, convencidos de que «deberían poder con ello», en vez de ajustar la situación pronto. Con el tiempo, ese patrón entrena a tu cerebro para asociar entornos sociales normales con dread (temor). Hay otra trampa también: estallar. Golpear los cubiertos, soltar un «¿Puedes NO masticar así?» de un modo que deja a todos en shock, incluido a ti. Ambas vías suelen terminar en arrepentimiento y autoculpa.

Aprender micro-límites puede suavizar todo esto. Puede ser decir con calma: «Soy muy sensible a los sonidos, voy a ponerme un auricular, pero sigo escuchando», en reuniones. O en casa: «Cuando vemos la tele y comemos, ¿podemos dejar los snacks crujientes para el programa y no para los anuncios?». Estas frases pequeñas y directas te protegen sin convertir a la otra persona en un villano. Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días. Aun así, tener unas cuantas frases preparadas hace mucho más probable que las uses cuando las necesites.

Un tono empático contigo mismo es clave. No eres «demasiado». Estás cableado de una manera concreta, viviendo en un mundo que adora las oficinas diáfanas y los espacios compartidos para comer. Si tratas tus reacciones como un defecto de carácter, sube tu estrés y baja tu tolerancia al sonido. Si las tratas como señales de un sistema sensible, puedes trabajar con él en lugar de contra él.

«Lo que más me ayudó no fueron los tapones», me dijo una mujer de 29 años con misofonía. «Fue decir por fin en voz alta: esto no es que yo sea maleducada, es mi sistema nervioso gritando. Cuando dejé de odiarme por ello, los sonidos se hicieron un poquito más pequeños».

Para concretar estos cambios, ayuda pensar en palancas sencillas que puedes mover, no en grandes revoluciones vitales. Empieza con un hábito pequeño en cada área:

  • Entorno: siéntate donde se vean las salidas y haya menos fuentes de ruido.
  • Herramientas: ten a mano tapones discretos o sonidos de «acompañamiento» (body‑doubling) listos.
  • Cuerpo: practica un patrón de respiración calmante que puedas usar en cualquier sitio.
  • Palabras: ensaya una sola frase para explicar tu sensibilidad al sonido.
  • Recuperación: programa un «hueco de descompresión» en silencio después de eventos ruidosos.

Nada de esto borrará la misofonía ni la sensibilidad al estrés. Pero te devolverá parte de la capacidad de maniobra. Y esa sensación de «tengo opciones» suele ser justo lo que a tu sistema nervioso le ha estado faltando.

Vivir con misofonía en un mundo ruidoso

Cuando notas lo brutales que se sienten ciertos sonidos en tu cuerpo, ya no puedes dejar de verlo. La oficina diáfana que todo el mundo «adora» es un campo de batalla de masticación, tecleo, carraspeos. Las cenas familiares son un campo minado de cubiertos chocando y chasquidos de labios. Incluso la persona que más adoras en el mundo puede desencadenarte rabia solo por respirar un poco fuerte en el sofá. Ese desajuste entre afecto y reacción al sonido descoloca. Hace que algunas personas se sientan secretamente rotas.

En un nivel más profundo, la misofonía te obliga a replantearte qué significa sensibilidad. Durante años, la cultura ha pintado la sensibilidad como debilidad o drama. Sin embargo, el mismo sistema nervioso afinado que sobrerreacciona a sonidos de la boca a menudo capta antes señales emocionales, detecta patrones, nota cuando alguien en la habitación no está bien. Eso no hace más fácil la lucha con los que comen ruidoso. Pero sugiere una identidad más compleja que «el que no soporta la masticación». Aquí hay una historia sobre cómo nuestros cerebros se adaptan a la amenaza y cómo cargamos estrés incluso cuando desde fuera la vida parece «bien».

Casi nunca hablamos de esto abiertamente. Nos ponemos auriculares con cancelación de ruido, bromeamos con «estar de mal humor» y nos callamos el verdadero subidón de pánico o ira bajo la superficie. Y aun así, casi todo el mundo tiene al menos un sonido desencadenante que le parte la paciencia por la mitad. A nivel humano, esa vulnerabilidad compartida importa. Abre una puerta a conversaciones: «Cuando comes al lado de mi oreja, todo mi cuerpo se pone en alerta roja. Sé que no estás haciendo nada malo. Mi cerebro simplemente reacciona así». Son frases incómodas. También son puentes.

Cuanto más entendamos el vínculo entre sensibilidad al estrés y misofonía, menos sola se siente la gente cuando empieza la masticación y el corazón se acelera. Quizá la próxima vez que el picoteo ruidoso de alguien te haga apretar los puños, reconocerás lo que está pasando dentro de ti: un sistema nervioso esforzándose un poco demasiado por protegerte. Y quizá ese conocimiento te dé el espacio justo -una respiración extra, una elección diminuta- para surfear la ola en vez de ahogarte en ella.

Punto clave Detalle Interés para el lector
La misofonía no es «solo molestia» Desencadena reacciones emocionales y físicas intensas ante sonidos cotidianos específicos como masticar o respirar. Te ayuda a entender que tu reacción es real y compartida, no un fallo personal.
Estrés y sensibilidad al sonido están vinculados Un sistema nervioso sensibilizado, especialmente bajo estrés crónico, marca sonidos inofensivos como amenazas. Explica por qué algunos días lo llevas bien y otros el mismo sonido es insoportable.
Pequeñas estrategias cambian tu experiencia Ajustes del entorno, escudos sonoros, micro-límites y autocompasión calman tu sistema. Te da herramientas prácticas para sentirte menos atrapado cuando hay gente que come ruidoso cerca.

Preguntas frecuentes

  • ¿La misofonía es una condición médica reconocida? Aún no es un diagnóstico oficial en manuales principales como el DSM‑5, pero se estudia cada vez más y los clínicos la reconocen con mayor frecuencia como un patrón diferenciado de malestar desencadenado por sonidos.
  • ¿Por qué los sonidos de masticar y respirar me molestan más que el tráfico? La misofonía suele centrarse en ruidos humanos, cercanos y repetitivos, especialmente de personas que tienes cerca. Tu cerebro los interpreta como personalmente intrusivos, lo que dispara más la respuesta emocional que los sonidos lejanos e impersonales.
  • ¿La misofonía puede empeorar con el tiempo? Puede sentirse peor cuando tu estrés general es alto o cuando te obligas constantemente a aguantar los desencadenantes sin pausas. Con estrategias de afrontamiento y menos estrés, muchas personas dicen que la intensidad disminuye un poco.
  • ¿Necesito terapia si tengo misofonía? No todo el mundo, pero terapias centradas en la regulación del sistema nervioso (como TCC con exposición, o enfoques somáticos) pueden ayudar a algunas personas a reducir el malestar y a aprender mejores estrategias.
  • ¿Es de mala educación pedir a la gente que cambie cómo come a mi alrededor? Criticar directamente los modales puede sentar mal, pero explicar con calma «tengo sensibilidad al sonido; quizá use tapones o me cambie de sitio» suele ser razonable. Tienes derecho a proteger tu sistema nervioso sin avergonzar a los demás.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Dejar un comentario