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Han descubierto el mecanismo cerebral que nos hace posponer tareas desagradables.

Hombre con estrés frente a un portátil, sujeta la cabeza con una mano. Taza y cuaderno sobre la mesa, planta al fondo.

¿Por qué abordamos al instante algunos trabajos y, sin embargo, nos quedamos paralizados ante otros, incluso diminutos, que resultan vagamente incómodos?

Nuevas investigaciones sobre cerebros de primates arrojan luz sobre esa extraña resistencia interna y sugieren que nuestra tendencia a posponer tareas desagradables no es solo un mal hábito, sino la acción de un “freno” neural específico que inhibe la puesta en marcha.

Cuando la motivación se atasca: de la procrastinación a la avolición

La mayoría de la gente conoce la sensación clásica de la procrastinación: el correo que no envías, el formulario que no rellenas, la llamada que evitas hacer. Para algunos, esto es solo una molestia leve. Para otros, se vuelve incapacitante.

Los clínicos emplean los términos avolición o abulia para referirse a una pérdida casi total de la voluntad de iniciar acciones. A menudo se observa en la depresión, la esquizofrenia y la enfermedad de Parkinson. En estos casos, incluso recados sencillos como llamar al médico u ordenar una habitación pueden sentirse casi imposibles, sobre todo si se perciben como desagradables o estresantes.

En la avolición, el problema no es la pereza ni la falta de comprensión, sino una avería en la maquinaria que convierte la intención en acción.

Hasta hace poco, los científicos no sabían con detalle cómo una motivación baja se traducía en este tipo de bloqueo de la acción. Un nuevo estudio publicado en la revista Current Biology apunta ahora a un circuito cerebral concreto que parece “apretar” las decisiones cuando una tarea conlleva un coste o incomodidad.

El experimento: recompensas, soplidos de aire y vacilación

Los investigadores trabajaron con macacos entrenados para realizar una tarea sencilla en una pantalla. En una versión, completar la tarea con éxito otorgaba una recompensa. En la otra, esa misma recompensa venía con un inconveniente adicional: un breve pero irritante soplido de aire en la cara.

La estructura de la tarea se mantuvo idéntica. Solo cambió la molestia añadida.

  • Tarea A: Realizar la acción → recibir una recompensa.
  • Tarea B: Realizar la acción → recibir la misma recompensa + recibir un soplido de aire en la cara.

La conducta de los monos cambió de forma marcada entre ambas situaciones. Cuando solo estaba en juego la recompensa, actuaban con rapidez y fiabilidad. Cuando se añadía el soplido de aire, a menudo dudaban, retrasaban la respuesta o renunciaban por completo, aunque marcharse significara perder la recompensa.

La misma recompensa dejó de merecer el esfuerzo en cuanto una pequeña dosis de incomodidad entró en la ecuación.

Este patrón refleja el comportamiento humano: posponemos tareas no solo porque requieren esfuerzo, sino porque implican algún coste emocional o físico, desde el aburrimiento hasta la vergüenza o un dolor leve.

El circuito cerebral detrás del “freno motivacional”

Mediante el registro y la manipulación de la actividad cerebral, el equipo se centró en dos regiones conocidas desde hace tiempo por su papel en la motivación y la toma de decisiones: el estriado ventral y el pálido ventral.

Área cerebral Papel en la motivación
Estriado ventral Evalúa recompensas y costes, registra lo atractiva que se siente una acción.
Pálido ventral Convierte señales motivacionales en decisiones y acciones reales.

Estas dos regiones “conversan” constantemente, sopesando los pros y los contras de lo que podríamos hacer a continuación. Los investigadores debilitaron temporalmente la conexión entre ambas en los monos mediante intervenciones neuronales precisas.

Una vez atenuado ese enlace, ocurrió algo llamativo: al enfrentarse a la versión de la tarea que incluía el desagradable soplido de aire, los monos pasaron a tener muchas más probabilidades de seguir adelante y realizarla.

Interrumpir el circuito estriado ventral–pálido ventral hizo que los animales fueran menos sensibles al inconveniente de la tarea, como si se hubiera aflojado el freno interno.

Los resultados sugieren que este circuito actúa como una especie de filtro motivacional. Cuando una acción planificada se siente estresante o aversiva, la conexión entre estas dos áreas refuerza señales de “no” o de “espera”, frenando nuestro botón interno de “arranque”.

Por qué el cerebro podría querer un freno

A primera vista, procrastinar ante un trabajo desagradable parece irracional. Sin embargo, desde una perspectiva evolutiva, un freno sobre la acción puede ser útil. Actuar sin sopesar riesgos es peligroso. La vacilación puede protegernos del dolor, del conflicto social o de esfuerzos inútiles.

El mismo sistema neural que nos ayuda a evitar situaciones realmente dañinas puede, en la vida moderna, pasarse de rosca y bloquearnos ante tareas levemente incómodas pero beneficiosas: pedir cita para una revisión médica, tener una conversación difícil, ir a fisioterapia.

En trastornos psiquiátricos y neurológicos, este freno parece estar sobreactivo o mal ajustado. Eso puede convertir una evitación normal en avolición, en la que la persona quiere actuar en teoría, pero su cerebro se niega a soltar el embrague.

Posibles tratamientos: aflojar el freno sin perder el control

Los nuevos hallazgos abren la posibilidad de tratamientos dirigidos a este circuito. Los investigadores mencionan opciones como:

  • Estimulación cerebral profunda (DBS): electrodos implantados en regiones específicas para alterar ligeramente su actividad.
  • Estimulación no invasiva: técnicas como la estimulación magnética o eléctrica transcraneal aplicada desde fuera del cráneo.
  • Nuevos fármacos: medicamentos diseñados para modular la vía estriado ventral–pálido ventral de forma más selectiva que los tratamientos actuales.

El objetivo sería aliviar el freno motivacional en personas con avolición grave para que puedan volver a iniciar tareas cotidianas. Sin embargo, los investigadores subrayan que empujar demasiado en la dirección contraria también tiene riesgos.

Debilitar en exceso este freno podría favorecer decisiones temerarias, conductas compulsivas o un apetito peligroso por el riesgo.

Este equilibrio plantea cuestiones éticas y clínicas. ¿Cuánta mayor disposición a actuar cuenta como cura y cuándo se convierte en un problema en sí mismo? ¿Quién decide el “nivel correcto” de motivación para una persona cuyo cerebro ha sido alterado por enfermedad o lesión?

De los hallazgos de laboratorio a la procrastinación cotidiana

El estudio se realizó en monos, no en personas, pero se apoya en un conjunto más amplio de evidencias procedentes de la neuroimagen humana y de casos clínicos. Muchos escáneres muestran actividad anómala en los mismos circuitos ventrales de motivación en pacientes que no logran ponerse en marcha con las tareas, en particular en quienes padecen depresión y enfermedad de Parkinson.

Para las personas sanas que aplazan continuamente tareas desagradables, esta investigación ofrece un marco más compasivo. El impulso de retrasar no trata solo de fuerza de voluntad o carácter; refleja un calculador coste–beneficio incorporado en el cerebro que a veces exagera el lado del “coste” en el balance.

Los psicólogos ya emplean esta idea en terapia. Técnicas como la activación conductual para la depresión funcionan reduciendo suavemente el coste percibido de las tareas e incrementando sus recompensas emocionales. Eso puede implicar dividir un trabajo en pasos minúsculos, combinarlo con actividades agradables o programarlo cuando la energía es mayor.

Términos clave detrás de la ciencia

Algunos conceptos ayudan a entender los hallazgos:

  • Aprendizaje por evitación: el proceso por el que aprendemos a esquivar acciones o situaciones que en el pasado han llevado a incomodidad o castigo.
  • Evaluación coste–beneficio: el sopesar constante del cerebro entre esfuerzo, tiempo, riesgo e incomodidad frente a las recompensas esperadas.
  • Saliencia motivacional: la fuerza con la que un resultado activa nuestro sistema motivacional, ya sea como promesa de recompensa o como amenaza de daño.

Cuando el freno motivacional es demasiado fuerte, la evaluación coste–beneficio se inclina hacia la evitación. Una llamada ligera puede sentirse tan intimidante como una gran confrontación. Cuando el freno es demasiado débil, ocurre lo contrario: las personas pueden perseguir recompensas apenas registrando los riesgos.

Qué significa esto para el tratamiento y la vida diaria

Las terapias futuras que ajusten suavemente este circuito cerebral podrían complementar los enfoques psicológicos, en lugar de sustituirlos. La medicación o la estimulación podrían rebajar el listón lo justo para que los pacientes puedan participar en terapia, hacer ejercicio o restablecer rutinas.

Para los procrastinadores cotidianos, las lecciones son más prácticas que médicas. Cualquier cosa que cambie el equilibrio coste–recompensa percibido puede ayudar: hacer primero la parte menos dolorosa, convertir las tareas en algo social, recompensarte después o reducir fuentes de estrés alrededor del trabajo.

El cerebro no está “fallando” simplemente cuando dudas; está ejecutando un cálculo de riesgo que a veces necesita una pequeña recalibración manual.

Comprender que existe un freno neural real puede transformar la autoinculpación en estrategia. En vez de preguntarte “¿Qué me pasa?”, la pregunta más útil pasa a ser: “¿Qué pequeño cambio haría que esto se sintiera lo justo como para hacerlo?”

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